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El arte como oficio

Un libro de Bruno Munari

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Escrito en 1966, El arte como oficio se ha convertido en el gran ensayo clásico de entre todos los que escribió Bruno Munari. Este libro es un valioso y singular intento por situar la importancia de los “nuevos productores de formas” del mundo contemporáneo en relación con el arte y con la experiencia personal de nuestra vida cotidiana. Con ello, Munari logra hacernos observar de una manera activa y tomar conciencia del mundo formal que nos rodea al tiempo que pone en valor la labor de los diseñadores, personajes que no solo se erigen como responsables de la creación de objetos funcionales y estéticos, sino que ejercen de auténticos moldeadores “democráticos” del gusto.

Repleto de ejemplos y referencias a nuestra vida diaria, esta obra nos invita constantemente a detenernos y a repensar las formas que nos rodean. Desde la visualidad de las letras escritas o dibujadas hasta la versatilidad de un material como el bambú, pasando por el valor de una cuchara o unos peldaños desgastados por el uso, o el brutal contraste entre las ostentosas cuberterías europeas y la modestia de los palillos japoneses, Munari nos introduce con la facilidad y la sencillez de los grandes maestros a las grandes cuestiones teóricas de las disciplinas del diseño y la creatividad.

Descripción técnica del libro:

16 x 23,5 cm
188 páginas
Español
ISBN/EAN: 9788425232381
Rústica
2020
Descripción
Descripción

Detalles

Escrito en 1966, El arte como oficio se ha convertido en el gran ensayo clásico de entre todos los que escribió Bruno Munari. Este libro es un valioso y singular intento por situar la importancia de los “nuevos productores de formas” del mundo contemporáneo en relación con el arte y con la experiencia personal de nuestra vida cotidiana. Con ello, Munari logra hacernos observar de una manera activa y tomar conciencia del mundo formal que nos rodea al tiempo que pone en valor la labor de los diseñadores, personajes que no solo se erigen como responsables de la creación de objetos funcionales y estéticos, sino que ejercen de auténticos moldeadores “democráticos” del gusto.

Repleto de ejemplos y referencias a nuestra vida diaria, esta obra nos invita constantemente a detenernos y a repensar las formas que nos rodean. Desde la visualidad de las letras escritas o dibujadas hasta la versatilidad de un material como el bambú, pasando por el valor de una cuchara o unos peldaños desgastados por el uso, o el brutal contraste entre las ostentosas cuberterías europeas y la modestia de los palillos japoneses, Munari nos introduce con la facilidad y la sencillez de los grandes maestros a las grandes cuestiones teóricas de las disciplinas del diseño y la creatividad.

Bruno Munari (Milán, 1907-1998) fue diseñador, poeta, escultor, pedagogo y autor de libros infantiles y ensayos. Vinculado al movimiento futurista desde 1927, desarrolló su actividad en los campos diversos del grafismo, el diseño industrial, la experimentación sobre materiales y tecnologías, y la proyección de objetos que integraran utilidad práctica y uso estético. Siempre interesado en la búsqueda de formas de simplificar y clarificar el proceso de diseño, durante los últimos años de su vida se centró sobre todo en temas relacionados con la didáctica, la psicología y la pedagogía, apostando por una educación en el diseño que comenzara en las guarderías. Es creador de numerosos libros de artista y todos sus libros de ensayo sobre diseño y arte han sido publicados en castellano por la Editorial Gustavo Gili: Diseño y comunicación visual, ¿Cómo nacen los objetos?, Fantasía y Artista y diseñador. El arte como oficio es el quinto y último libro que completa su obra teórica vinculada a la creatividad.

Índice de contenidos
Índice de contenidos

Índice

Presentación. Las máquinas inútiles

El arte como oficio
Diseñadores y estilistas
Diseño visual
Diseño gráfico
Diseño industrial
Diseño de investigación

Apéndice. Las máquinas de mi infancia (1924)

Lee un fragmento
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Presentación
Las máquinas inútiles

Mucha gente me conoce como “el de las máquinas inútiles” y aún hoy me hacen algunas preguntas a propósito de esos objetos que ideé y construí hacia 1933. En aquel tiempo imperaba el “novecento italiano”, con aquellos maestros suyos tan serios, y las revistas de arte no hablaban de otra cosa que esas graníticas manifestaciones artísticas. Con mis máquinas inútiles, yo más bien hacía reír, tanto más cuanto que estos objetos estaban construidos con contrapesos de cartón pintado con tintas planas y a veces con una bola de vidrio soplado; todo ello unido por medio de un tallo fragilísimo de madera e hilos de seda. El conjunto debía ser muy ligero para poder girar con la corriente de aire y el hilo de seda iba muy bien para deshacer la torsión.

Pero cómo se reían mis amigos, incluso los que estimaba más, por el empeño que ponían en su trabajo. Casi todos tuvieron en su casa una máquina inútil mía, que guardaban, no obstante, en el cuarto de los niños, por considerarlas una nadería y cosa ridícula, mientras que en otras partes de su casa tenían esculturas de Marino Marini o pinturas de Carlo Carrà y de Mario Sironi. Cierto es que, ante una pintura de Sironi, donde se ve la garra del león, yo, con mis cartones e hilos de seda, no podía esperar que me tomaran en serio.

Estos amigos míos descubrieron más tarde a Alexander Calder, que construía “móviles”, pero de hierro pintado de negro o de colores vivos; Calder conquistó rápidamente el ambiente y yo fui considerado su imitador.

¿Qué diferencia hay entre las máquinas inútiles y los móviles de Calder? Creo que conviene aclarar este punto: al margen del hecho de que el material de construcción era distinto, también diferían los modos de construir el objeto. La única cosa en común es que se trata de objetos suspendidos que giran. Pero objetos suspendidos hay muchos y siempre han existido, aparte del hecho de que mi amigo Calder tiene un precursor en Man Ray, quien, en 1920, construyó un objeto basado ya en el mismo principio.

Todos los elementos que componen una máquina inútil guardan una relación armónica entre sí. Supongamos, para comenzar, una esfera de vidrio soplado a la que unimos el disco A+ 1/3 R, que se obtiene agregando un tercio del radio de la esfera al diámetro de esta, mientras que, en el interior del disco de cartón, se indica también la medida de la esfera. El diámetro de este disco determina las otras formas geométricas B y 2B (una es el doble que la otra). El dorso de estas formas se pinta de modo negativo respecto a la otra cara. Las varillas que sostienen las formas también se relacionan con el diámetro de la esfera: 3A, 5A, 6A. Todo ello está suspendido como los elementos equilibrados de una balanza y sostenido con hilos de seda.

La naturaleza de los móviles, en cambio, es diferente. [...]

Copyright del texto: sus autores
Copyright de la edición: Editorial Gustavo Gili SL

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