Ricardo Legorreta. Inagotable artista y aprendiz eterno. Por Alain Prieto Soldevilla | Fotos: cortesía de Legorreta + Legorreta

Un creador genuino e icónico, pero a la vez accesible, nos deja una vasta herencia que sobrepasa las obras que lo hicieron famoso.

Siempre actualizado, su energía y autodisciplina fueron los instrumentos más fieles durante una vida profesional que abarcó 63 años.

Jamás se consideró a sí mismo un gran arquitecto. Solamente disfrutaba haciendo su trabajo. Como un fino relojero, cumplía lo prometido y era tan dedicado para diseñar y construir una torre como lo hacía para una casa. No creía en el sello distintivo, más sí en las ideas, en lo que funcionaba bien.

Ricardo Legorreta Vilchis nació en 1931 en un México que se debatía entre la religión centenaria y un estado totalitario. Ése año se estrenó Santa, la primera película sonora mexicana.
 

Un joven prometedor
Cuando decidió ser arquitecto se estudiaba la carrera en la Escuela Nacional de Arquitectura en la Academia de San Carlos de la UNAM, por cuyos pasillos caminaron Tolsá, Tresguerras, Mariscal, Pani y Ramírez Vázquez.

Antes de cumplir 18, ya trabajaba para José Villagrán García, uno de los mayores exponentes de la arquitectura racionalista en México y Latinoamérica. No pasó mucho tiempo para que ascendiera desde dibujante a jefe de taller y finalmente a socio. A principios de los 60, sus caminos habrían de separarse. Ricardo había desarrollado ya la seguridad para abordar los proyectos con su impecable sentido de la responsabilidad.

El maestro Villagrán le aconsejaba: “Hay mucho más placer y mucho más talento en el ingenio de la pobreza”.

En entrevista realizada por el arquitecto Federico Campos en 2006, Legorreta recordó esta etapa con su mentor: “Me educó como no tienes idea. Yo ya no lo aguantaba. Todavía después mantuve con él una relación muy cercana. Me regañaba. Me dijo: pues mire usted, están muy bien sus obras, pero yo creo que usted tiene un concepto de despilfarro. Los espacios que usted está haciendo no corresponden a este país”.

 

Estilo sin etiquetar
Cierto es que las obras de Ricardo como cabeza de despacho y las que hizo a partir de 1990 con Víctor, su amigo, socio e hijo, llevan un cierto ángel reconocible. Grandes cubos, paredes casi ciegas, patios amplios y cálidos de atractivos colores. Hay algo que los hermana. En la limpieza de su concepto y ejecución es apreciable muy poco de capricho y quizá menos de desperdicio o de adorno sin sentido, lo que Villagrán tanto cuidaba.

El Papalote Museo del Niño (1993). Antes una fábrica de vidrio, el lugar fue convertido en un museo educativo y recreacional sin precedentes en México. Foto: Lourdes Legorreta.

Las proporciones que perfeccionó con los años, “se da uno cuenta de los errores hasta que ya están construidos”—decía—, hacían ver menos altos los cuerpos de sus edificios, escondiendo con cierto misterio los varios niveles que contenían. La luz en los interiores es siempre generosa y por lo normal útil y la expresividad de su geometría se lee sin complicaciones.


La relación profesional con Víctor (nacido en 1966), uno de sus seis hijos, trascendió el cariño paterno. Foto: Carla Weinberg.

En sus obras, tanto en las tempranas como en las más recientes, pueden encontrarse gestos que abordan la sensorialidad: las ventanas y troneras adquieren peso individual; las trabes, tragaluces y nichos son herramientas de composición. La atmósfera envolvente al entrar a un edificio suyo es pulcra y monumental aun en espacios de escala pequeña. Este último atributo es esencial para descifrar a Legorreta. El artista trabaja construyendo escenarios para dar sitio a la presencia humana que encuentra cierta reverencia sin saber que ha sido intencional desde los primeros bocetos.

Concluido en 2010, el edificio de Posgrado de la Facultad de Economía (UNAM) posee uno de los perfiles más atrevidos en la obra de Legorreta. Foto: Allen Vallejo.

Por décadas comparado con Luis Barragán, a quien conoció desde muy joven y con quien después trabajó, sus elementos poseen reminiscencias innegables del primero. Sin embargo, se separa también. La escala de los proyectos que ha realizado requiere la solución de extensos programas y diseños estructurales complejos, mientras que conserva el gusto por explorar cuerpos entresacados que dota de revestimientos perennes, ya sea el azulejo, el tabique y hasta la piedra.

Ricardo legaría de Barragán el tratamiento emocional de los interiores. Aquí en su icónica casa del DF. Cortesía: Barragan Foundation, Switzerland. Del libro “Luis Barragán, La Revolución Callada”. Federica Zanco ed., Milano, Skira, 2002.

En el libro Luis Barragán, La Revolución Callada (Skira, 2002), el propio Ricardo escribe sobre su amigo: “La profunda influencia que ejerció sobre mí fue en el ámbito de los sentimientos, de la amistad, de la espiritualidad, y en sus últimos años, en la comprensión de la muerte”.

Sin embargo Legorreta nunca se autodefinió bajo un específico estilo; pero al final, inescapable, lo acuñó paulatinamente con la suma de sus creencias.

 

Sus edificios
Estudió la carrera de 1948 a 1952. Su primera formación bajo la tutela de José Villagrán dio frutos tempranos (varios edificios de Ciudad Universitaria, edificio y cine Las Américas) y aunque en lo plástico después tomaría otra dirección que la de su maestro, no dejó de lado su forma de ver el diseño y su preocupación por los usuarios.

Al fundar en 1964 el despacho Legorreta Arquitectos, junto con Carlos Vargas padre —su hijo es socio hoy— y Noé Castro, los tres jóvenes forjaron obras que con el tiempo se han vuelto imprescindibles. Era la solución integral la que hacía competente su arquitectura, que no se basaba especialmente en su apariencia, noción que hasta la fecha se conserva en su trabajo.

El uso de la fachada-estructura en la ahora Comisión de Derechos Humanos del DF, revela un concepto de economía y estética sobresaliente.


De su primera época destacan las oficinas y laboratorios Smith, Kline & French, 1964 (hoy Comisión de Derechos Humanos del DF); el Hotel Camino Real en Polanco, 1968; la fábrica Automex, 1964, y el edificio para Celanese Mexicana, 1968.

El Camino Real internacionalizó a Ricardo Legorreta. La participación de Mathias Goeritz, Alexander Calder y Rufino Tamayo acentuaron su valor. Foto: Allen Vallejo.

Después vendrían complejos de gran talla como el Hotel Camino Real en Cancún, de 1975, o la Fábrica IBM en Guadalajara. Los años 80 marcarán el inicio de su exportación, específicamente a los Estados Unidos. De esta época son la Casa de Ricardo Montalbán —el actor—, en Los Ángeles, California (primer obra en el extranjero, 1985) y el Museo Discovery en San José, en el mismo estado, construido en 1989.

Comenzando los 90 son los proyectos de carácter público los que predominan. Se concibe El Papalote Museo del Niño y se presentan encargos de alta importancia como el Centro Nacional de las Artes (1994), invitando a arquitectos como Enrique Norten, Teodoro González de León y Javier Sordo Madaleno. Sobresale la Catedral de Managua en Nicaragua (que se hizo en base a donativos) de 1993 y la remodelación al Zoológico de Chapultepec, además de diferentes comisiones en suelo estadounidense, en especial en California, como la notable Pershing Square de Los Ángeles.

La Catedral Metropolitana de Managua posee 63 cúpulas. Foto: Lourdes Legorreta.


La firma, a partir de esta etapa, ya no detendría su expansión hacia los demás continentes, diseñando y construyendo desde casas y hoteles hasta museos y universidades en países como Israel, Qatar, Grecia o Corea.

Construida para un músico japonés en 1998, esta casa resalta el contacto con el mar y el inusual color blanco. Foto: Katsuhisa Kida.

Para el nuevo siglo, proyectos como el Museo Laberinto en San Luis Potosí, el Hotel Sheraton Bilbao en España o el Museo Zandra Rhodes en Londres, Inglaterra, continuarían dando lugar a hechuras impregnadas de personalidad.

Conjuntos turísticos, residencias, complejos estudiantiles y de usos mixtos y otras tipologías se preparan ahora en el ocupado despacho.


La vida es un trofeo
Aunque fungió como jurado del premio Pritzker durante 12 años, no hay una razón clara para entender por qué a Ricardo Legorreta no se le otorgara esta presea. Su producción cumple con las premisas más altas y deseables a las que cualquier creador aspira: es significativa, es profusa, abarca casi todo género y función y es reconocida mundialmente.

Ricardo recibió en 2011 el Praemium Imperiale a las artes junto con Seiji Ozawa, Anish Kapoor, Judi Dench y Bill Viola. Foto: The Japan Art Association The Sankei Shimbun

Sus obras y su persona han sido condecoradas con decenas de premios, medallas, honores y nombramientos, que él siempre adjudicaba al trabajo en equipo. Recibió el Premio Nacional de Artes del gobierno mexicano; la Medalla de Oro de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA) y la Medalla de Oro del Instituto Americano de Arquitectos (AIA).

Ya como Legorreta + Legorreta (2001 al presente) obtuvo la Medalla de Oro de la Federación Panamericana de Asociaciones de Arquitectos, así como diferentes doctorados otorgados por universidades de gran prestigio. Muchos de sus edificios han sido premiados por organismos, bienales, gobiernos e institutos de todo el planeta.

En 2007 se otorgó el Precast/Prestressed Concrete Institute Award a los precolados de fachada del Conjunto Plaza Juárez. Foto: José Ignacio González Manterola.

En 2010, fue su querido colega Francisco Serrano (autor de la Universidad Iberoamericana y la T2 del Aeropuerto de la Ciudad de México) quien lo eligió para recibir el Reconocimiento a la Trayectoria que otorga el Encuentro Nacional de Arquitectura y Diseño de Interiores, ENADII. Al presentar el premio, Serrano se refirió a Ricardo Legorreta como “El representante más importante a nivel mundial de la arquitectura mexicana”.

Aceptándolo dijo: “La única tristeza en mi vida es ver que no tenemos lo que nos merecemos. No les hemos dejado a ustedes lo que se merecen. Una de las razones es básicamente porque no creemos en nosotros. […] ¡Somos buenísimos¡ ¡Éntrenle con toda la decisión del mundo!”.

 

Palabras sencillas, mensajes grandes
Con su casi 1.90 (Víctor es aún más alto) Ricardo nunca se jactó de su estatura física, ni de la profesional. Hablar con él era sencillo. Su saludo era afable y firme y su voz regia pero a la vez dulce. Normalmente sonriente, siempre tenía un consejo a la mano para ofrecer a los más jóvenes que él. Libre y claro en su forma de hablar se daba la oportunidad de ser casual y abierto al opinar.

En 2008 habló en el Congreso de Arquitectura Internacional en el Museo Rufino Tamayo. El arquitecto cerró una jornada después de varias presentaciones que incluyeron a Edwin Chan —Gehry Partners— a Jürgen Mayer y a Michel Rojkind. Al tomar el micrófono lo primero que dijo fue: “Las borracheras de arquitectura son peores que las de tequila. Así que trataré de ser breve”. Todos rieron; era la declaración más honesta que se escuchó esa noche.

Con la misma sencillez se oponía a la arquitectura de fácil venta y también a la presuntuosa. Siempre se manifestó contra el exceso de presupuesto y prefirió ser racional. Cortés en su discurso y sin embargo coloquial, se permitía el “cuate” el “mano”, el “tantito”, la “chamba”. Tal soltura lo acercaría como pocos a alumnos, clientes y colegas que no tardaban en sentirse cómodos ante su imponente presencia.

 

Sólo un hasta pronto
Hace un mes que inició otra obra. La eterna, la más personal. El arquitecto se convirtió más que otra cosa en un ser humano que veía esta vida como la interminable escuela de la que nadie se gradúa, pero a la que hay que asistir con la pasión que siempre profesó.

Alternó con reyes, presidentes y las personas más humildes de la sociedad. Siempre correspondía un saludo con su legendaria gentileza.  Foto: Carla Weinberg.

Desde el 30 de diciembre de 2011, miles de medios en decenas de idiomas han reportado su partida. En Google, su nombre sobrepasa el millón de menciones y cerca de 50 mil imágenes son suyas, de sus obras, o guardan alguna relación con él.

De llegarse a decretar, descansará en la Rotonda de las Personas Ilustres, junto a paisanos como Diego Rivera, Dolores del Río y su colega Juan O’Gorman. Un premio más a una intachable trayectoria, a su irremplazable figura, al legado que supo lograr y que seguirá sumamente vivo, útil y apreciable.

GG recomienda:
www.legorretalegorreta.com
http://www.barragan-foundation.org/